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Entrevista a Jorge Areces, Premiado profesional de marketing del año 2011

Nunca he creído demasiado en las carreras profesionales perfectamente trazadas. De esas que empiezan con un “siempre supe que quería dedicarme a esto” y acaban con un puesto directivo y una foto corporativa. La mía no fue así. Mi recorrido hasta aquí ha sido más bien una sucesión de decisiones imperfectas, errores visibles y alguna […]

Nunca he creído demasiado en las carreras profesionales perfectamente trazadas. De esas que empiezan con un “siempre supe que quería dedicarme a esto” y acaban con un puesto directivo y una foto corporativa.

La mía no fue así.

Mi recorrido hasta aquí ha sido más bien una sucesión de decisiones imperfectas, errores visibles y alguna que otra incomodidad buscada. He ido avanzando, combinando curiosidad, bastante inconsciencia al principio y una dosis creciente de responsabilidad con el tiempo. Más que saber lo que quería hacer, he intentado no dejar de hacerme preguntas incómodas sobre lo que estaba construyendo.

Y eso cambia mucho las cosas.

Hubo momentos que marcaron un antes y un después. No siempre fueron ascensos ni grandes proyectos. A veces fueron conversaciones difíciles. O errores que no se podían esconder. O personas que me hicieron ver algo que cuesta aceptar: que muchas veces el problema no era el mercado, ni el cliente, ni el contexto… era yo.

Mi manera de enfocar el trabajo.

Ese tipo de feedback no suele aparecer en LinkedIn. Pero es el único que realmente te hace avanzar.

Con el tiempo aprendí una lección poco glamourosa, pero decisiva: hay una enorme diferencia entre estar ocupado y ser útil.

El marketing está lleno de actividad. Reuniones, presentaciones, campañas, dashboards, métricas. Mucho movimiento… y sorprendentemente poco impacto real en el negocio. Entender eso pronto es incómodo, pero tremendamente liberador. Porque te obliga a dejar de medir lo fácil y empezar a medir lo importante. Y, sobre todo, a asumir cuando no estás moviendo la aguja.

De ahí nace otra habilidad clave: aprender a pensar antes de ejecutar.

Durante años el marketing ha premiado la velocidad. La reacción rápida. El “hagamos algo”. Hoy, paradójicamente, pensar bien se ha convertido en una ventaja competitiva. Entender el negocio. Alinear marketing con estrategia. Asumir que no todo se soluciona con una campaña.

Parece obvio. No lo es.

Si pudiera volver atrás, cambiaría algo muy concreto: haber dicho que no, antes y más veces.

No a proyectos mal definidos.

No a clientes que buscaban fuegos artificiales.

No a jefes caprichosos.

No a organizaciones que querían resultados sin asumir decisiones.

Decir que sí a todo puede parecer compromiso. Muchas veces es solo miedo a quedarse fuera.

Mi mayor error profesional fue confundir reconocimiento con progreso. Durante una etapa me preocupé más por parecer relevante que por serlo. 

Aprendí —tarde, pero a tiempo— que el mercado puede tardar en darte feedback honesto, pero cuando lo hace, no suele ser amable. Desde entonces intento construir valor a largo plazo, incluso cuando no es vistoso ni inmediatamente visible.

Hoy veo a muchos profesionales del marketing atrapados en la inercia: métricas que no sirven para decidir, discursos vacíos sobre innovación, modas tecnológicas adoptadas sin una pregunta previa de negocio.

No todo lo nuevo es relevante. Y no todo lo relevante es nuevo.

Replantearse esto es urgente.

Respecto a tendencias, más que una herramienta concreta, creo que el gran cambio es la vuelta al criterio. La tecnología y la inteligencia artificial están transformando el marketing, sí. Pero solo marcarán la diferencia en manos de profesionales que entiendan contexto, ética, negocio y personas. El resto simplemente automatizará errores más rápido.

La tecnología amplifica. A los buenos… y sobre todo, a los malos.

El premio a profesional de marketing no lo viví como una meta, sino como una responsabilidad. Porque cuando te reconocen, ya no solo te evalúan por lo que haces, sino por lo que legitimas. Alguien está mirando. Alguien toma referencias. Y eso te obliga a ser coherente con lo que haces y con lo que dices que defiendes, incluso cuando no es rentable a corto plazo.

A quien empieza en este mundillo le diría que no tenga prisa por llegar, pero sí por aprender bien. Que huya de los atajos. Que entienda números además de creatividad. Y que recuerde que el marketing no es el fin, sino una palanca al servicio de algo mayor.

Exige pensamiento, exige rigor y exige aceptar que muchas veces tu trabajo no se verá… pero se notará.

Y si no se nota, probablemente no era tan bueno como creías.

Si solo pudiera dar un consejo profesional sería este: deja de buscar aprobación y empieza a buscar impacto.

El aplauso es efímero. El criterio, no.

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